Un domingo con Roberto Bolaño

Roberto Bolaño

La vida puede ser muy jodida; algunas personas la afrontan con desvergüenza y pasión, sin temor a perder ni preocupación por ganar. Otros simplemente se dejan llevar, moviéndose por la vida por medio de los pseudópodos de una ameba rastrera. No los juzgo (o quizá sí; todos tenemos nuestras contradicciones), pues son maneras diferentes de mantenerse vivos o de morirse poco a poco. 

La de Roberto Bolaño, su vida, sin duda fue jodida; nació en Santiago de Chile y vivió además en México, Gerona y Blanes. Una ruta vital imbatible; una mezcla cultural sin parangón; un nómada salvaje con un final extraordinariamente triste.

A los cuarenta años no creo que nadie esté preparado para escuchar que probablemente no le queden más de diez años de vida. Falleció a los cincuenta de una insuficiencia hepática y seguro que aquel año no padeció ninguna crisis existencial. 

En este sentido, a veces considero que con más tiempo y canas Roberto Bolaño pudiera haber construido una obra aún más refinada y excelsa. No obstante, seguro que no hubiese tenido tanta intensidad, ni esa sensación (a veces) incómoda de urgencia, de necesidad de contarlo todo en pocas páginas, como si solo mecanografiase, pero que a mí me genera un deseo irrefrenable de gritar y a veces de llorar. Mientras que en trescientas palabras Charles Swann detalla los recuerdos que evoca una magdalena mojada en té, nuestro escritor podría contarnos (me lo estoy inventando) en el mismo espacio físico el nacimiento de un vulgar contrabandista en un país latinoamericano, sus primeros pasos sin tacataca, sus amores adolescentes con una australiana coja y una danesa enana, sus trece acuerdos prematrimoniales, los porros fumados de marihuana y costo libanés en atardeceres rojos, sus polvos tirados bajo diferentes posturas en aquel triunvirato de culturas diferentes, sus viajes experimentados de ida y vuelta sin visados, sus despedidas y reencuentros…todo del tirón y sin ácido en sangre.

Por otro lado, también pienso que esa ausencia de tiempo lo benefició en dos aspectos:

Primero, le permitió (al igual que a Anthony Burgess, quien finalmente logró evitar la muerte prematura y escribir La Naranja Mecánica), aprovechar cada segundo de la vida para expresarse sin restricciones, con libertad que no siempre es fácil por el qué dirán; también escribir con una escopeta recortada en vez de con una pluma de ganso, a quema ropa, sin el freno de mano puesto. Como mencionó Ricardo Menéndez Salmón acerca de uno de mis libros, «políticamente incorrecta, Naura revela, en definitiva, una condición seductora por extraña: la de una voz sin silenciador». Salvando las distancias, es probable que lo mismo le sucedía a Roberto Bolaño al escribir quien, jamás habría sido uno de los protagonistas de Los lunes al sol, aunque si compartido sus desesperanzas.

En segundo lugar, quiero creer que la constante proximidad de la muerte fue vista por él como una liberación, evitando así que su cuerpo oliera a nonenal o que tuviera que mirarse al espejo y observar cómo sus testículos se agrandaban y dejaban de luchar contra la gravedad.

… «Buenos días, Mr. Bolaño. ¿Le gusta la papilla de verduras de hoy?»

Perdonadme, pero no lo veo…

La vejez es una putada.

(Hace poco un amigo me comentó que estaba inquieto porque su madre, de ochenta y tres años, había encontrado pareja y no dejaban de viajar. Le respondí que no había mejor forma de morir que salirse de la carretera y caer, herencia mediante, por un acantilado). 

En términos literarios, poco puedo aportar de lo tanto que se ha escrito sobre Roberto Bolaño y menos aún sobre los infrarrealistas que aun desconozco el sentido global de este movimiento, aunque intuyo que me hubiese gustado pertenecer a tal distinguido club nocturno. Como punto en mi contra o «solicitud» para poder ser aceptado en semejante antro, debo decir que a mí nunca me ha atraído escribir historias sobre desamparados y perdedores, sobre el proletariado y los marginados, en definitiva, sobre el mundo lumpen. 

Y no hay ninguna razón especial, sino que simplemente desconozco sus dinámicas y creo que uno debe escribir sobre lo que bien conoce. (Aunque un crítico me llamó el Bukowski «pijo». De nuevo, otra contradicción…).

No obstante, no puedo más que admirar lo que escribe Roberto de quien, por supuesto, no he leído la totalidad de su obra, pero si gran parte.

Y he aquí lo maravilloso de sentarse frente al ordenador y, sin ser un aclamado crítico literario, expresar libremente mi opinión sobre alguien a quien considero tan especial (además también gano en este ejercicio matutino reducir mis persistentes y elevados niveles de cortisol) ¿Y cómo no lo iba a hacer si le venero como artista? Roberto podía escribir sobre cualquier tema; sobre eclécticas historias que en un principio parecen corrientes, pero que evolucionan esquizofrénicamente, hasta que terminan con cinco minutos de silencio y areflexión; sobre hermanos y padres; sobre poetas durmiendo en coches; sobre alcohólicos y mezcal y yonquis y porros; sobre México y sus desiertos y sus serpientes venenosas y lagartos en botellas de cristal y mujeres desaparecidas y mutiladas; sobre asesinatos y suicidios; sobre noches de vigilia y sueños eróticos; sobre campings y alemanes; sobre una actriz porno y tetona; sobre follar y polvos, corridas y eyaculaciones; sobre coños y vergas, palabras que repetía sin dolo y que, sin embargo, no sonaban especialmente vulgar. Y hay que tener mucho talento para incluir palabras malsonantes entre un sujeto, verbo y predicado y que suenen como tienen que sonar. El cabrito pasaba por semejantes caminos angostos sin rasguños visibles.

roberto bolaño

Pero sobre todo escribía sobre las locas historias del destino; sobre los sinsabores de las relaciones humanas; de lo canalla que podemos llegar a ser, pero también de nuestra fragilidad; de lo solos que muchas veces nos encontramos en el universo; de cómo hallamos caminos para continuar avanzando a pesar de las dificultades a las que nos enfrentamos; de la depresión de levantarse por la mañana sin saber qué hacer durante el día; de la fatal ausencia de dinero que algunos padecen; de la necesidad que tenemos los humanos de relacionarnos y tocarnos; de lo jodido en resumen que es la vida y, al mismo tiempo, de los pequeños placeres que obtenemos cuando caemos en abismos kilométricos.

En definitiva, explicaba con sus palabras que el displacer es un componente intrínseco de la existencia humana, tal y como pretendo revelar (ausencia de modestia) en mi nueva novela, pero en su caso, riéndose de la vida.

Porque ciertamente lo contaba con humor, pero sobre todo con un realismo «algo sucio», aunque todo lo escrito pareciera sacado de su diario. Por ello, la gran duda para muchos lectores es si estas narraciones eran autobiográficas y Roberto mantuvo esa proscrita relación con las drogas y el alcohol.

A mí me da lo mismo. Creo que como un escritor especial jugaba con la realidad, y cultivaba ambigüedades y creaba falsas identidades, así que da igual si sus historias son verdaderas o ficticias, ¿no?

Si me tuviera que quedar con algo de su obra, definitivamente me quedo con Detectives salvajes, una novela total; la novela que me gustaría escribir; una novela lisérgica, de aventuras, imprevisible, políticamente incorrecta, pero que me encanta, no puedo remediarlo, y que conste que no me gusta el gore ni la casquería, aunque si me flipa Tarantino, un tipo diferente a Roberto Bolaño, sin duda, pero que coinciden en su irrelevante manera de contar las historias.

Parafraseando parcialmente a un gran director de cine español, pero sin entrar sobre mis particulares creencias sobre la existencia de el Uno o del motor inmóvil o lo qué o quién sea que construyó el universo o estaba presente en el espacio antes del big bang, aquí abandono mi sentido homenaje con un:  

Quisiera creer en Dios para darle las gracias, pero sólo creo en Roberto Bolaño, uno de los escritores que me animan a continuar intentándolo. Gracias, Mr. Bolaño.

Madrid, 27 de octubre de 2024

Un domingo con Roberto Bolaño
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