Grúshenka, pese a su acento porteño ya medio olvidado, parecía nacida en un país construido por luces y recuerdos. Me lo confesó. Llevaba tantos años en España que, sin renunciar a sus orígenes, se había «apatriado» lingüísticamente y mimetizado por voluntad propia con su nuevo entorno y había cambiado de manera natural el che natal por un sonido áspero y ajeno, y todo por un amor primitivo. Sin embargo, la elle resbalada aparecía de vez en cuando, sin avisar, como lo hacen los animales heridos.
Y ella era un animal herido.
Tras el velatorio de Medem, acerco a Grúshenka a su casa en coche. Va vestida de negro, con los labios rotos y sufridos; el rímel difuminado por el rostro de tanto llanto. Y, pese al deterioro físico, la veo guapa, como cuando la conocí en la fiesta de cumpleaños de Mitia. Aquella noche intercambiamos pocas palabras, pero las suficientes para comprender que una parte de ella moriría si Medem se despedía de nosotros prematuramente, como finalmente hizo, dejando una nota impregnada de un ácido sabor naranja.
En ella, nuestro bendecido amigo nos confesaba haber padecido una patología extraña que le impedía interactuar con quienes parecían desdoblados en diferentes rostros y con caretas pegadas a la nuca, personas capicúas o con dos caras: una para reír o llorar; la otra para amar u odiar.
—¿Por qué no luchó por vivir? —me pregunta Grúshenka, con la voz quebrada, mientras esquivamos coches por las calles de Madrid.
«Porque no sabía luchar», pensé. Porque Medem no dudaba, pero sí temblaba. El mundo era muy pequeño para él. Su mente, demasiado poliédrica.
Muchos subimos a una azotea, miramos al suelo, pero no saltamos. Medem sí.
Y perros olisquean los pies de un hombre ahorcado en un parque silencioso.
La miro, sumergida en el fondo de sus pensamientos. La despierto y le contesto:
—No lo sé…
Me estoy acostumbrando a mentir.
A Medem lo conocí en el colegio como «el duende que camina», y él a mí como «el duende dormido». Gritos de guerra. Firmas de grafiteros adolescentes con ganas de acabar con el sistema. Paredes de la zona de Chamartín plagadas de pintadas verdes. Pura disforia (y grafitis) de muchos quilates. Nuestro legado al mundo: el de la razón humana y las mentes euclidianas, donde los científicos besan estampitas.
Recuerdo sus grandes ojos verdes de niño malcriado: despiertos, salvajes; de cazador y de pescador, porque a Medem le gustaba pescar. Sin embargo, disfrutaba aún más arrancándoles las entrañas a los peces cuando ya estaban muertos. Los observaba con detenimiento mientras se quedaban sin oxígeno y se reía, a veces a carcajadas, de las «boquitas de piñón» que formaban cuando sus branquias luchaban por extraer oxígeno de un mundo sin agua.
En otras ocasiones, sin dar explicaciones, los devolvía al río. Decidía a cuáles les sacaba las entrañas y a cuáles no, como un César romano: pulgar hacia arriba o pulgar hacia abajo.
Del mismo modo decidía, a favor o contra corriente, a sus amigos y a sus amores.
Y eso lo hacía especial: una cara pintada de blanco con una estrella negra en la frente.
Recuerdo que, de niños, me dijo que algún día se convertiría en un cuerpo celeste. No lo entendí entonces, pero nunca lo olvidé: ya orbitaba fuera de la atmósfera de la Tierra. Podía ser, a su antojo, estrella, planeta, cometa o asteroide, girando alrededor del sol.
Siempre quiso estar cerca de la luz, pero se acercó demasiado, como aquel de las alas de plumas y cera, al que el miedo, la insatisfacción o la desobediencia social acabaron destruyendo.
Un inadaptado más en un mundo lumpen, visceral y desordenado.
Un día me contó que había soñado que buscaba un nicho en un cementerio. Decía que había mantenido una conversación acalorada con un sepulturero, quien lo condujo hasta la tumba de un desconocido al que no llevaba flores, sino una pala. Medem comenzó a cavar, a retirar la hierba y la arena que cubrían la tumba, hasta que tocó algo duro. Se arrodilló y, con las manos —desgarrándose las uñas—, continuó apartando la arena hasta dar con un ataúd. Miró detenidamente su interior y lo encontró vacío. Entonces se quedó observando la lápida, que decía:
Año de nacimiento: 1991
Año de fallecimiento: 2002
Nombre: Medem
—No es justo… Realmente lo quiero —me dice Grúshenka, con esa su salada y singular lágrima convertida en un adiós.
Otro día Medem me dijo: «Iván, abre los ojos».
Porque él veía el mundo con ojos de búho o de brujo inadaptado, preparados para su (o mi) muerte.
Una muerte que nadie cree; una muerte gótica; una muerte con velatorio, pero sin féretro que enterrar, como en su sueño.
¿Qué me preguntarán a mí cuando golpee las puertas del cielo y quiera purgar mis pecados?
¿Qué me encontraré al otro lado? ¿Edenes con serpientes y manzanas, fiestas de ángeles o demonios con cuernos y rabos?
Me temo que, cuando se abren las puertas, la esperanza se va; y se ha ido.
Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos. Los Evangelios (Mateo 19:24, Marcos 10:25 y Lucas 18:25)
Y sus padres eran ricos.
—Era hermoso —me dice Grúshenka.
—Lo sé —contesto cabizbajo, con las manos en los bolsillos, una vez aparcado el coche.
Andamos.
—Iván, no sé qué haré sin él… Solamente esperaba que me quisiera la mitad de lo que yo le quería.
—Medem no sabía querer como nos gusta que se nos quiera —le contesto.
Porque él quería a su manera. Un tipo extraño que viajaba sin billete de vuelta y que siempre salía de casa con la sonrisa puesta, pero en la oscuridad todo era diferente…
Un día Medem encontró a un pájaro moribundo, lo cogió y lo empotró contra una pared para que no sufriera. Salió corriendo, incapaz de soportar el dolor que le causaba la muerte del animal.
Maneras diferentes de enfrentarse al duelo.
—En el fondo es un egoísta. Ahora lo sé —me dice, y añade—. Pero no tuvo prisa. No hicimos el amor hasta que viajamos a Estambul, un gran bazar de especias y cuero, donde venden a sus madres al vacío si es menester.
Subimos en el ascensor de su piso, en la calle Almagro.
—¿Alguna vez te contó cómo nos conocimos? —me pregunta, y añade—: le gustaba mi boina francesa.
También sus medias rotas. Porque sí, me lo contó. Me contó que adoraba sus miedos, sus cambios de humor, su ausencia de raíces claras, la bulimia que padeció en su juventud, su baja autoestima a pesar de su perfección.
En el fondo, ambos se parecían demasiado y, al mismo tiempo, eran contrarios.
Grúshenka sufría por sistema; Medem se bebía la vida. El gin y el gan. Equilibrios en un universo podrido. Amor y odio; virginidad y deseo; desenfreno y penitencia; veneno y antídoto en iguales proporciones para aventurarse en la búsqueda del sentido de la vida.
Abrimos la puerta, entramos y pisamos una alfombra con forma de hongo. Le ofrezco un café, que ella acepta. Se lo acerco al salón, donde está sentada en el sofá, mirando la televisión sin prestar atención. La habitación está cargada de humo: cigarros que encendemos, apagamos y volvemos a encender. El cenicero, apoyado en la mesa, rebosa colillas humeantes.
Nunca había visto a nadie tan sucia y tan sexy vestida de luto.
—Voy a volver a Argentina. Las flores sin agua nos marchitamos —me dice, mientras se suelta el moño y deja caer su pelo rubio por los hombros.
Todos queremos regresar al pueblo, recuperar olores olvidados y ser regados.
—¿Cuándo? —la miro fijamente a los ojos.
—Mañana.
Maldito libre albedrío.
—¿Y tu vida? —le pregunto.
Vida es vida, que decían. Y es lo mejor que tenemos y que conocemos, Dios mediante.
Porque la muerte es como un cuadro de Escher: la canica desciende por caminos estrechos hasta que ya no se sabe si existe o deja de existir.
—Qué más da mi vida… En Argentina todos se empolvan las narices con alegría. También fuman mucha marihuana, como Medem, que se la fumaba en cantidades ingentes, entre otras drogas instrumentales.
Grúshenka encoge las piernas como un feto y apoya la cabeza en mi regazo, mientras chupa con fuerza otro cigarrillo.
—¿Me das una calada? No alcanzo a coger el tabaco —le sugiero caladas compartidas. De eso Medem sabía mucho: era capaz de aguantar el humo en los pulmones más que el resto.
—Toma —me lo ofrece, y nuestras manos se tocan.
Confieso. Algo se despierta en mí. Soy otro Medem y he vuelto. Adopto su sonrisa.
Grúshenka gira el cuello hacia arriba y me besa dulcemente en los labios y, pudorosamente, nos desnudamos sin doblar la ropa.
Dejamos de vernos y de hablarnos durante años, hasta que un día recibí un correo electrónico de Grúshenka en el que me decía que iba a pasar unos días en Madrid y que le gustaría que nos tomáramos un café para recordar viejos tiempos. Quedamos un caluroso día de julio y hablamos de todo y de nada: de política, de cómo había cambiado Argentina en los últimos años, de lo bonita que estaba Madrid y de nuestras respectivas familias. No hablamos de aquella noche ni de Medem hasta el momento de despedirnos, cuando, justo antes de volver cada uno a nuestras vidas corrientes, ella me dijo:
«Medem no tuvo la elegancia de seguir viviendo».
