Este artículo nace porque el otro día alguien me dijo que mi escritura tenía algo de Roberto Bolaño, Chuck Palahniuk y Henry Miller, y claro, me sonrojé. La mera insinuación de que comparto con ellos no solo talento, sino también clase y profundidad —y especialmente con el escritor que más me ha influido en los últimos años, Roberto Bolaño— me dio tanta vergüenza que me ruboricé como una criatura adolescente y borracha. Y no, no es falsa modestia.
Respecto al homenajeado de hoy, de quien dicen que influyó hasta el desmadre a la generación beat americana, ya desmadrada de por sí, confieso que hasta este verano ni lo había leído. Imperdonable, lo sé. Sin embargo, tiene sus ventajas: la ósmosis literaria como forma espontánea de creación podría existir, siempre salvando las distancias. Además, ya era hora de rendir homenaje a alguien que, a pesar de haber sido un dionisíaco de la vida, murió de viejo.
Fue entonces, por una mezcla de casualidad y necesidad, que decidí leer a Miller y así lo hice. En estas últimas semanas me he acercado con entusiasmo y cierto grado de estupor a Trópico de cáncer y Trópico de capricornio, libros separados «solo por una línea imaginaria», y, después de esta intensa experiencia literaria, poco puedo decir que no se haya dicho ya, salvo que es pura literatura lisérgica; un viaje a través de hongos caducados; un rayo de sol entre lingotazos de güisqui envenenado por taberneros repugnantes; unas delirantes conversaciones acompañadas de purgaciones y sífilis cerebrales. En fin, una locura. Y nada fácil, por cierto: entiendo a quienes dicen que su escritura carece de hilo conductor.
¿Cómo este artículo? Probablemente. Otro homenaje. Sin embargo, el zumbado de hoy —o stáret literario, como diría un ruso— no me ha llamado la atención por su indudable capacidad literaria, un auténtico pirómano de las letras, sino por su particular manera de entender la libertad: la de contar lo que a uno le viene en gana. O como él mismo decía: «descubrí que lo que había deseado toda mi vida no era vivir… sino expresarme».
También por colocar al ser humano en el centro de la reflexión literaria: un humanista y librepensador en toda regla, quizá algo metafísico, pero jamás nihilista. Un tipo que no seguía los convencionalismos de la época. Y esto es vital. Sospecho que existe un vínculo invisible entre escribir con libertad, el derecho a ser incómodo y la necesidad de humanismo y autenticidad frente al mundo actual y pasado.
De ahí que me gusten las personas que desafían la censura puritana y las normas establecidas. Odio a los dogmáticos, a los defensores de las normas talladas en piedra. Siempre lo digo: prefiero a los sinvergüenzas y truhanes antes que a esos personajes recatados y aburridos que jamás se atreven a pisar territorios ignotos.
Pero claro, escribir con libertad tiene consecuencias, sobre todo si se hace en una época donde la hipocresía moral tenía un lugar propio. En concreto, la sociedad americana de la primera mitad del siglo XX —una especie de reverso de la Torre de Babel, donde todos hablaban la misma lengua— no veían el mundo como lo veía Henry, ni como lo veo yo. Trópico de cáncer se convirtió en un libro maldito y estuvo prohibido durante casi treinta años en Estados Unidos, considerado obsceno según las leyes de moralidad vigentes que pretendían evitar que los mojigatos de la época se avergonzaran.
Como muestra, un botón: se produjeron más de sesenta juicios en distintos estados que intentaron prohibir de nuevo su publicación. En 1964, la Corte Suprema resolvió que la novela no era tan cochina y la protegió bajo la Primera Enmienda (libertad de expresión) para gozo y alegría de unas cuantas minorías inquietas. Qué absurdo si uno lo mira con los ojos de la generación X. Diría que tanto sexo explícito, más que pornográfico, resulta a veces de mal gusto, quizá misógino, incluso algo pueril, pero también hay que entenderlo en su contexto histórico.
Porque nadie puede ser tan impío como decían de él. En el fondo, creo que era un tipo normal, al que no le veo grandes cicatrices ni rencores. No hace falta tener cicatrices para escribir con furia o lanzar bombas literarias de racimo —y menos aún para hablar de pornografía. En su caso, ni siquiera buscaba exaltar la belleza de lo imperfecto. Henry escribía desde el caos, sin justificaciones, y decidió vagabundear entre Francia y Estados Unidos, sin agua de coco y con la tierra girando sin sentido, para perpetuar su desorden existencial.
Es curioso que siempre que intentamos rozar la perfección —olvidando que sin caos la vida es un simulacro— terminamos sumergidos en la mayor de las oscuridades. Y entonces brotan nihilistas por doquier o surgen nuevas teorías del melasudismo, que a menudo no hacen más que aburrir. O como Henry escribió: «un hombre que esté en completo desacuerdo con el mundo padece o bien una colosal hipertrofia del yo, o bien su yo está tan hundido que es prácticamente inexistente.»
Por ello, por humildad y para dejar de ser cansinos, quizá debamos aceptar nuestra imperfección. Por mucho que luchemos contra ella, siempre perdemos. Tal vez sería más sencillo si todos fuéramos estoicos y no epicúreos; así, al menos, evitaríamos las dictaduras morales disfrazadas de palabras rimbombantes, como las de aquellos a quienes se les llena la boca hablando de valores, reyes vestidos que están empelotas veinticuatro horas al día, bien haga frío o calor; nieve o truene tropicalmente. Para eso, como diría el propio Miller, «no hay lecciones que dar, salvo Dios». O, en otras palabras: prefiero a un sincero antes que a un bueno, y, quien se pique, que se rasque —sin caer en el sincericidio colectivo—, aunque padezca de egotismo agudo, que ya tenemos una edad.
Porque a veces sin sinceridad parecemos inexistentes, antihéroes o litografías falsas; como si hubiésemos nacido con los pies por delante, cuando lo habitual es salir al mundo de cabeza, abriéndonos paso por el útero. Los tocapelotas nunca tuvieron sitio, ni ayer ni hoy. Como dijo Miller: «He encontrado a Dios, pero es insuficiente. Estoy espiritualmente muerto. Físicamente estoy vivo. Moralmente soy libre. Tampoco los ascetas» —que yo no soy—«soy el hombre más feliz del mundo. No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas».
¿Sería Henry Miller un Dostoievski postmoderno? ¿Un distraído ciberpunk / dadaísta del siglo XXI? No lo creo. Lo percibo más bien como un humanista integral, y lo demuestra en la carta que escribió a una amiga que padecía depresión:
«Sin embargo, he decidido no hablarte más que con la voz del estoicismo. Yo no sé por qué vivimos. El don de la vida nos llega de no sé qué origen, ni con qué propósito; pero creo que podemos seguir viviendo por la razón de que (siempre, claro, hasta cierto punto) la vida es lo más valioso que conocemos y en consecuencia, presumiblemente, es un gran error rendirla mientras nos quede algo de ella en la taza. Siempre tu amigo leal.»
Al final, ¿no va de eso? De sinceridad, autenticidad y la desvergüenza suficiente para seguir escribiendo como esa criatura adolescente y borracha que, por suerte, aún queremos —o necesitamos— ser.
