Buena madera
Una mañana de primavera desperté siendo una polilla. Lo primero que sentí no fue vergüenza, sino un pinchazo vitriólico en el orgullo, porque, a pesar de poder volar, jamás volvería a ser hermoso.
Y siempre creí ser hermoso, hasta comprender que nadie lo es después de una metamorfosis completa: primero huevo, luego oruga y capullo hasta convertirme en un insecto, con mis diminutas escamas, antenas en forma de peine y alas a modo de sábanas para cubrirme del frío.
Porque tenía frío y me sentía especialmente feo.
La transfiguración había comenzado.
Por eso, cuando un desconocido me dijo: “Olvídate, tú tienes buena madera”, pensé que podría volar más allá de los límites conocidos, alejarme de aquel ruido ensordecedor que me atormentaba, hasta que me di cuenta de que…
…las polillas no entran en la buena madera.
Relato basado en un hecho real. Gracias, querido Virilo.
El guardián
Si volviera a nacer, haría tantas cosas bonitas. Disfrutaría el presente. No tendría miedo ni odio. Reiría mucho y cantaría más.
¿Verdad, Pau?
También diría muchas veces “gracias”, “por favor”, “lo siento”.
¿Verdad, Gabriel?
O tal vez me gustaría ser un guardián, y me imaginaría a todos esos niños del mundo jugando en un gran campo de centeno. Miles de niños, y no hay nadie alrededor… excepto yo. Y yo estoy al borde de un precipicio. Mi trabajo consiste en agarrarlos si empiezan a caer.
¿Verdad, Holden?
Pero si de verdad fuera mi vida y pudiera volver a nacer, siendo un yo único e irrepetible, cavaría una fosa tan profunda que alcanzaría el centro de la Tierra y arrojaría allí el odio y la complacencia, la pobreza y el exceso de riqueza.
Sepultaría allí nuestros demonios.
Y después me lanzaría a la oscuridad de la fosa, como un buceador del cielo, hasta abrazar, al final de mi vida, el núcleo terrestre.
¿Verdad, Gonzalo?
El algoritmo del deseo
Me llamo Constance y todo comenzó hace muchos años, cuando mis patas de gallo apenas se intuían y todavía le hacía preguntas importantes a una aplicación de IA.
La primera fue:
—¿Cómo puedo cambiar mi vida?
Y me respondió con cierta voz metálica:
“Recupera energía primero. Decide qué vida no quieres seguir viviendo. Cambia el entorno, no solo la motivación. Haz cambios pequeños, pero inevitables.”
Entonces pregunté:
—¿Y si quiero olvidar a una persona?
La aplicación respondió con el mismo tono de voz:
“Acepta que dolerá un tiempo. La distancia acelera el olvido. No idealices la relación. Los microcontactos retrasan el olvido. También el deseo sexual.”
Y le hice caso.
Ahora tengo ochenta y dos años. Ya no tengo ningún deseo sexual. Vivo sola con un robot comprado en una liquidación. Es experto en literatura, no en acompañar ancianos.
Cada vez que le pregunto si hice bien en abandonarlo, me recomienda leer El amante de Lady Chatterley.
Serendipia
Ese día mi intención era salir a comprar tabaco, tomarme una cerveza con el grupo del barrio, subir a casa y descansar. Nada más. No obstante, conocí a la mujer más elíptica y lisérgica que podía haber soñado. No recuerdo bien su rostro, solo que olía a manzana y que estudiaba ingeniería biomédica. Y me explicó muchas cosas, tantas que ya no era capaz de distinguir las pastillas rojas de las azules.
Me dijo que todo se podía tocar, porque todo lo que veíamos era físico, y comenzó a enumerarme las estructuras de la materia, desde el universo hasta el bosón de Higgs, la partícula de Dios que, siendo invisible pero tangible, explicaba nuestra existencia.
Mientras hablaba, yo me sentía cada vez más insignificante, como si mi cuerpo fuese apenas una coincidencia entre millones de colisiones invisibles. Y aun así, quise quedarme a su lado para siempre. Pero entonces me dijo que ella, precisamente, no era física, sino una ilusión y que era mejor dejar actuar a la serendipia.
Esperando
Me gustas cuando callas porque estás como ausente
también tus temores de niña asustada
como cuando mi voz no te toca
a pesar de mis tantos intentos por encontrarte
Siempre soñé que algún día nos escaparíamos
parece que no me oyes ni desde lejos ni de cerca
Me gustaría verte al menos dudar quizá temblar
pero nunca pude cerrar tu boca con un beso
y por ello me odio por ser el último hombre en la Tierra
Gracias, Pablo Neruda y Coque Malla, por vuestra poesía y música y por prestarme parte de vuestros versos; y, especialmente, a ti, a quien continúo esperando.
Fiesta
Oro, incienso y mirra; el oro para la farra, el incienso para volar, la mirra para lagrimear, pues llorar no es solo cosa de profetas.
Una vez, un hombre probó la amargura de los tres elementos. Saltó.
Y acabó escurriéndose por un sumidero.
Sordera
A Soledad la conocí pocos meses después de nacer. El amor fue instantáneo y alejamos de nuestras vidas un suicidio silencioso.
El ruido exterior se lo dejo a los celosos.
Amor
El charco de sangre inundó el portal y María tuvo que arrancar, sola y a mordiscos, el cordón umbilical de su hijo, quien terminó ahorcándose con él.
Tres días después de su muerte, resucitó y su madre entendió lo que era el verdadero amor.
Follar
Un día me encontré a C. Tangana entrando en un taxi verde periquito, lo paré y le pregunté cómo se le ocurrió la frase: «escuchando un techno que me hacía empujarla como un animal».
También añadí que el término empujar (y también follar) no deja de ser el sueño húmedo de cualquier maromo depilado.
Tangana no se sorprendió ante mi pregunta y me dijo que esa frase nació porque era un artista polivalente. Me gustó su respuesta: yo también soy un artista versátil y esa noche, en mi escritorio bajo un flexo de bombilla azul, escribí en un post-it: quien empuja fuerte puede sufrir una fractura peneana.
Ella
En un botellón campero apoyé la cabeza entre sus piernas y descubrí el significado de un cielo estrellado.
Años después, volví a tocarla, pero esta vez me mareé, tropecé y rodé ladera abajo como una cochinilla de humedad sin saber nadar.
Y me ahogué en aquel amor tiernamente adolescente.
