Truman Capote, uno de los más emblemáticos escritores estadounidenses, nació en Nueva Orleans en 1924 y falleció en 1984 de insuficiencia hepática, al igual que Roberto Bolaños, sobre quien escribí recientemente en mi blog. En este caso, me temo que la causa de su temprana muerte se debió a los excesos con el alcohol y las drogas y tal vez al ostracismo social, pues para nuestra desgracia dicha oscuridad es una de esas profundas e incomprendidas heridas que ni el mar y su sal pueden curar.
En ese sentido, desconozco si por aquella época las benzodiazepinas eran de tan fácil y recurrente uso como en la actualidad. Si fuera así, quizá le hubiera venido como anillo al dedo vegetar empastillado, pues según los que las consumen habitualmente dan mucha menos resaca que el Ron Medellín Añejo, una de sus bebidas favoritas.
No obstante, en mi caso coincido de alguna manera con el homenajeado de hoy. A mí también me gusta elevar de vez en cuando una copa de vino al cielo. Y eso no significa que sea alcohólico ni que disfrute escribiendo sobre desnutridos, hijos de padres maltratadores o fumadores empedernidos de hierba. Pero eso ya lo dije cuando hablé de Roberto Bolaño…Sin embargo, quizá el subconsciente me esté traicionando y lo que escribo últimamente no dejan de ser confesiones públicas escondidas en elipsis y por fin reconozco —ya era hora, por otro lado— que sí que me gusta escribir sobre perdedores, o hacer alegorías de los atormentados.
Atormentados —algunos— que necesitan de estimulantes químicos para poder enfrentarse a las putadas de la vida y también, por supuesto, a que suelen tener los umbrales de sensibilidad extraordinariamente bajos, como no me cabe la menor duda de que así le sucedía a Truman Capote y a muchos otros escritores que aspiran a alcanzar alguna vez en su vida la sensibilidad de Virginia Wolf.
Desconozco si nuestro protagonista de hoy era seguidor de esa extraordinaria escritora, pero a buen seguro que lo era de otra magnífica artista a quien conocía desde la niñez (Harper Lee) y de quien, según las malas lenguas, acabó diciendo que le había escrito parte de su obra Matar a un ruiseñor. También desconozco —hoy solo sé que no sé nada…—si es cierto aquella tropelía; o tal vez Truman Capote se sintiera como un simple esparrin literario y corrector de estilo, o que quizá detrás de todo ese ruido solo estuviera la envidia. Pudiera ser; esta debilidad no deja de ser uno de los peores pecados capitales que condenan solo a los pecadores más necios.
Porque a pesar de ser un magnífico escritor, también tenía pinta de que debía de ser un tipo extravagantemente complicado, un alma de penco, como muchos que viven entre nosotros que nacen, se desarrollan y mueren. Pero es que la vida es así, todos tenemos nuestros miedos y recuerdos tóxicos que nos impiden alcanzar estados ataráxicos con mayor frecuencia. No obstante, en su caso, tal vez semejante complejo fuera algo más agudo y, por supuesto, refinado. No sé, a mí tampoco me importa en exceso: suelo ser indulgente ante los defectos de los demás más por egoísmo que por virtuosismo. Sin embargo, con lo que soy menos indulgente es con la tontería, por eso me cuesta ver que un tipo tan genial como él estuviera tan obsesionado por pertenecer a las élites rosas y VIPs neoyorquinas. De hecho, Plegarias atendidas es lo único que no me ha interesado de todo lo que escribió, a pesar de identificarme con el título y en concreto con la palabra plegaria pues, en general, creo que las plegarias no se entienden en el actual mundo de cartón – piedra; son tristes homilías para los incomprendidos. Treinta y nueve bastonazos, una hostia (o un ágape) y a correr.
Como el mismo Truman Capote expresaba —más lágrimas se derraman por las plegarias respondidas que por las no respondidas— y a lo que yo añado: hasta soñar puede ser una plegaria. Y como los sueños muchas veces dan vértigo y miedo, es más fácil no preguntarse si hemos llegado a ser lo que tanto nos asustaba ser cuando éramos jóvenes y que es por ello por lo que nos dejamos arrastrar por la corriente. Sin duda, es menos arriesgado que nadar río arriba.
Emmanuel Carrère en su monumental obra El Reino viene a decir que las relaciones entre personas a menudo se construyen bajo el «vínculo» del alumno y el instructor, entre el pequeño saltamontes y el maestro, entre el Mesías y su rebaño (ojo, que no entro en temas religiosos; que vivir bajo los principios de la libertad individual, la responsabilidad personal y el perdón, me parece una manera tremendamente hermosa de enfrentarse a semejante reto) y que no le gustaba la posición cómoda del enseñado. Yo discrepo, no me agradan las posiciones pusilánimes, sin embargo, detesto en mayor medida — y con todo lo que soy para ser sincero — a los manipuladores, a los personajes que usan lo «nunca» y lo «jamás» de manera habitual, o que simplifican los mensajes con afirmaciones rotundas como modo de subsistir o mantener vivo su altísimo ego.
Pero es que yo soy un tipo extraño. Lo sé. Por ello nunca me fiaría de alguien que me hablara con las manos mirando al cielo (omnívora fuera atroz…En el fondo me dan miedo las personas que no dudan…) excepto, por supuesto, si es el cura de mi pueblo, aunque no tenga pueblo. Y, aun así, soy cordero u oveja, pero eso sí, con quien me da la gana (no crean ustedes, mis sueños también transcurren por la noche).
Y de ahí también nace parte de mi admiración por Truman Capote, pues nadie le puede negar su atrevimiento literario. Y siempre hemos de aplaudir y recibir con alborozo a los escritores que prefieren ser un cordero descarrilado a un espíritu apocado.
Y seguro que él no era esto último. También le admiro con devoción por su sensibilidad literaria y la búsqueda de la estética y la virtud en la escritura. Y para muestra un botón: Desayuno en Tiffany’s es una de mis novelas cortas favoritas. Me gusta su aparente inocencia, intrascendencia y fácil lectura, que me hizo digerirla casi del tirón y me dejó tan buen sabor de boca que, pasados treinta años desde su lectura, continuó teniendo esa sensación de que la historia de Holly Golightly, la mujer más enigmática y gato herido de la literatura —y probablemente del cine—, continúa siendo parte de mi vida. Porque… ¿Quién no querría morir flagelado o golpeado por la guitarra de Audrey Hepburn mientras cantaba Moon River?
Hay muchas frases en el libro que muestran lo arriba comentado: «La belleza es una forma de genialidad, pero no tiene ética»; «la confianza es como una cuerda floja, una vez que se rompe, es difícil de reparar»; «a veces, la felicidad está en las cosas más simples, como caminar bajo la lluvia o leer un buen libro»; «el amor no entiende de tiempo ni lugar, solo de corazones dispuestos»; «la soledad es lo más difícil de enfrentar en este mundo excesivamente comunicado»; «la vida es demasiado corta para llevar ropa aburrida». Y así podría llenar hojas y hojas de frases ingeniosas al más puro estilo Oscar Wilde, si bien, me quedo con una, pues de alguna manera es el motivo por lo que hoy escribo… «No hay pastillas para la tristeza o la melancolía. Solo hay que encontrar la forma de sobrellevarlas» …
…Y es que el Prozac se comenzó a comercializar en 1988…
Respecto a la virtud literaria, también destacaría su método que, para el caso, quien aprende método o rutinas se acercan al virtuosismo ¿no? Y así, otro botón, en este caso rojizo, porque Truman Capote también destacaba por su polifacética capacidad artística. El dramaturgo siguió los pasos de Tom Wolf y se sacó de la chistera y por fascículos en la revista The New Yorker su novela de no ficción, A sangre fría, convirtiéndose para muchos en un buen representante del Nuevo Periodismo. (Por cierto, qué gran novela Lo que hay que tener. Y ya que menciono este género, recomendaría la lectura de John Richard Hersey y su libro Hiroshima, por el que fue galardonado con el Premio Pulitzer).
Tampoco puedo dejar de comentar los relatos de este gigante de la literatura. Me gusta la naturalidad con la que cuenta las historias, como si cualquiera de nosotros pudiera escribirlas. Y eso es fascinante, pues para mí lo más difícil de escribir es hacerlo sin enredos lingüísticos. Es decir, escribir de una manera sencilla y elegante.
Mejor dos que cuatro.
De sus no tantos relatos, me quedo con la conversación que mantuvo con aquella tentación rubia —se tiñese o no el pelo— con cuerpo de ukelele y de la que tanto hablaban nuestros padres y que presidentes, fiscales y escritores de Estados Unidos cayeron derretidos a sus pies. Y es que ese día, sin spoilers y a mi manera, que como he dicho antes, soy cordero u oveja, pero con quien me da la gana, apareció esa frágil mujer con los labios pintados de rojo carmín. Se subió a un taxi con Truman Capote porque Marilyn quería ir al muelle de Brooklyn. Una vez allí, ambos miraron al cielo y mientras las gaviotas revoloteaban a su alrededor, en un tono burlón, pero también grave, ella le preguntó que qué diría sobre ella si alguien le preguntaba cómo era verdaderamente. Y mientras se retocaba el pelo, Marilyn mismo se contestó y le dijo, «apuesto a que dirías que soy una estúpida y una sentimental». Truman Capoté suspiró y dijo, «por supuesto. Pero también diría que eres una hermosa criatura» …
…Porque de hermosas criaturas va esto de vivir, ¿no?
Feliz Navidad y Prospero Año Nuevo.
