Microrrelatos

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Esperando

Me gustas cuando callas porque estás como ausente

                también tus temores de niña asustada

                               como cuando mi voz no te toca

                                               a pesar de mis tantos intentos por encontrarte

 

Siempre soñé que algún día nos escaparíamos

                parece que no me oyes ni desde lejos ni de cerca

 

Me gustaría verte al menos dudar quizá temblar

                pero nunca pude cerrar tu boca con un beso

                               y por ello me odio por ser el último hombre en la Tierra

 

Gracias, Pablo Neruda y Coque Malla, por vuestra poesía y música y por prestarme parte de vuestros versos; y, especialmente, a ti, a quien continúo esperando.

Fiesta

Oro, incienso y mirra; el oro para la farra, el incienso para volar, la mirra para lagrimear, pues llorar no es solo cosa de profetas.

Una vez, un hombre probó la amargura de los tres elementos. Saltó.

Y acabó escurriéndose por un sumidero.

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Sordera

A Soledad la conocí pocos meses después de nacer. El amor fue instantáneo y alejamos de nuestras vidas un suicidio silencioso. 

El ruido exterior se lo dejo a los celosos.

Amor

El charco de sangre inundó el portal y María tuvo que arrancar, sola y a mordiscos, el cordón umbilical de su hijo, quien terminó ahorcándose con él.

Tres días después de su muerte, resucitó y su madre entendió lo que era el verdadero amor.

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Follar

Un día me encontré a C. Tangana entrando en un taxi verde periquito, lo paré y le pregunté cómo se le ocurrió la frase: “escuchando un techno que me hacía empujarla como un animal”.

También añadí que el término empujar (y también follar) no deja de ser el sueño húmedo de cualquier maromo depilado.

Tangana no se sorprendió ante mi pregunta y me dijo que esa frase nació porque era un artista polivalente. Me gustó su respuesta: yo también soy un artista versátil y esa noche, en mi escritorio bajo un flexo de bombilla azul, escribí en un post-it: quien empuja fuerte puede sufrir una fractura peneana.

Ella

En un botellón campero apoyé la cabeza entre sus piernas y descubrí el significado de un cielo estrellado.

Años después, volví a tocarla, pero esta vez me mareé, tropecé y rodé ladera abajo como una cochinilla de humedad sin saber nadar.

Y me ahogué en aquel amor tiernamente adolescente.

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