Capitalismo para un pequeño marxista

Andar por Nueva York en otoño es una experiencia onírica. Siempre me recuerda a Mr. Allen, el director de cine favorito de mi padre: un tipo bajo, flaco, de gafas gruesas y profundamente feo, con un humor superlativo y una capacidad artística descomunal. Una película al año, diálogos ingeniosos, algo de jazz y esas imágenes de hojas naranjas amontonadas en los bordes de las aceras.

Central Park, en cambio, se asemeja más a un zoológico que a un parque, donde se ve gente corriendo, místicos zen, artistas del pincel y del baile, algún que otro titiritero y músicos tocando (mucha) música. No solo jazz como el del feo, sino folk, blues o cualquier cosa que se les antoje, porque a los yankees se les puede criticar por muchos disparates, pero jamás por su falta de coraje artístico.

Nueva York

En definitiva, Central Park es un escenario capitalista donde actúa, con voz propia, la fauna saturada de amor en la que nos hemos convertido, porque el mundo, sin duda, no solo debería terminar en el amor; tampoco en el dinero. Para muestra, un botón: un día alguien me contó que su más querida amante hongkonesa perdió todos sus ahorros cuando en 1997 el Reino Unido devolvió Hong Kong a China, y ella, como si fuera su primera Guerra del Opio, se dedicó a pintar paisajes sobre papel de arroz hasta su muerte.

Otro día, aún vivo, paseaba por Central Park South, la calle que encarna la elegancia y el glamur neoyorquino en cantidades ingentes. Allí están hoteles emblemáticos, como el Plaza, pero la cosa no termina ahí. Lo más llamativo es el desfile de engominados con traje y señoras envueltas en abrigos de visón, con perros de compañía en brazos: una estampa, sin duda, muy estereotipada.

Y fue allí donde me di cuenta de la relación tan perversa entre los que sirven y los servidos. A esa gente elegante solían abrirles la puerta personas con abrigos largos, gorras y guantes, con cierto aspecto a domadores de circo, a cambio de un sueldo digno y, por supuesto, de un buen aguinaldo navideño, a modo de expiación: pero por los pecados ajenos, no por los propios.

Allí también comprendí una verdad irrefutable: lo elegante con tradición neoyorquina se vende mejor.

Comprendí, además, que era un ignorante sobre las dinámicas de mi ciudad natal, por lo que tendría que investigar…        

central park

El Parque de Berlín no se parecía en nada a Central Park, pero para nosotros, los vecinos, era nuestro parque. Quizá porque todos los del barrio tenemos algo en común: Ciudad Jardín es una zona agnóstica desde el punto de vista de la lucha de clases. Hay gente con dinero, pero sin ambiciones sociales; funcionarios; jubilados; jóvenes parejas que quieren vivir en una zona céntrica y con abundante verde, aunque sus economías no les permitan acceder a otros barrios más glamurosos.

El mejor ejemplo eran mis padres, ambos profesores de colegio, que, no sin esfuerzo por su parte, me pagaron una buena universidad privada. Y de ahí, a los actuales días de redención silenciosa. Muchas horas en banca de inversión para alcanzar el Cielo, pero también para que se me ocurriera la posibilidad de que, tal vez, si vestíamos a nuestro portero, Josué, con el mismo traje de domador de circo que llevaban sus compañeros de profesión de Central Park South, nuestros pisos podrían subir en la misma proporción que en otros barrios más selectos.

Ahora solo quedaba comentarlo en la variopinta comunidad de vecinos y si la propuesta salía delante, convencer a Josué para que así se disfrazara.

Capitalismo para un pequeño marxista

En la comunidad teníamos una fauna similar a la que deambulaba por Central Park. Teníamos a la revolucionaria, una pija rubia de piernas largas, a la que siempre veíamos con pancartas. Luego estaba la tristeza e incomodidad de Pepe, el bibliotecario, nuestro presidente de la comunidad, que había pasado su vida entre archivos y papeles; a la Batman (estaba todo el día pinchándose bótox); a los enriquecidos (o no tanto…), pues ambos tenían la mejor casa y dos bicicletas eléctricas; la señora del pequinés, porque tenía uno con mucha mala leche. El resto eran gente con cara de gente que no tenían nombre ni apodo.

La normalidad es una cualidad sobrestimada.

El debate sobre la vestimenta de Josué tuvo ciertos toques melodramáticos. Hubo todo tipo de comentarios, desde la pequinesa que entendía que esa manera de vestir afectaría a la capacidad de Josué para limpiar con la misma eficiencia del pasado; el bibliotecario que hizo especial hincapié en que quizá esa nueva manera de vestir no cumpliría con los protocolos y la normativa vigente; Batman y los enriquecidos comentaron que les parecía una idea extraordinaria, no solo por la posible subida de precio, sino por cómo aumentaría el caché del edificio; la revolucionaria simplemente se indignó, nos dijo que se había luchado para defender a los necesitados como para anteponer el dinero a los más elementales principios, que aún desconozco cuáles son. Otro (no recuerdo quién) dijo que la propuesta era una bonita alegoría de que el sistema capitalista no debe mancillar a los que viven en él.

Ante tanta confusión, yo dije: ¿y si le preguntamos a Josué?

Desconocía entonces si nuestro portero sería filantrópico.

Josué puso ojos de actor de las películas de Mr. Allen, y nos dijo con su indudable verborrea y cierta irritación:

—Yo también tengo derecho a ser feliz. Alguien me lo dijo una vez, pero yo no le hice caso.

Y, reduciendo su falsa indignación, con el silbido de un penitente, añadió:

—La vida no tiene sentido sin un itinerario mistagógico y, quizá, para ello todos necesitamos disfrazarnos una vez en nuestra vida. Espero y deseo que mi sacrificio no os haga ricos, sino que os permita una hermosa placidez mental.

Nos mantuvimos unos segundos en silencio y, finalmente, volvió a arrancarse:

—Si acepto, ¿cuándo me subiríais el sueldo?

Luego concluyó:

—No son mis vestimentas las que representan lo que yo soy o dejo de ser.

 

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